El erizo y el juego
Cuando jugaban a la gallinita ciega, Castor tocó sin querer a Erizo y se clavó unas púas. Erizo se sintió culpable y, entristecido, dejó de jugar.
Cuando le tocó tener los ojos tapados al cocodrilo, pisó sin querer un cristal y se le clavaron muchos trocitos en la planta del pie. Nadie tenía unas pinzas, pero... ¡ahí estaba Erizo, que con dos de sus púas fabricó unas!
“No te sientas mal por lo que pueden ser tus virtudes”