El pulpo goloso
Pulpín era muy goloso y un poco tramposo. Cada día iba a la tienda de doña Langosta y, mientras ella le servía un helado, aprovechaba para quitarle todas las golosinas que podía con sus ocho tentáculos.
Un día Pulpín sufrió una indigestión y su madre, pensando que era culpa de los helados, fue a hablar con doña Langosta. Allí, hablando y hablando, se dieron cuenta de lo que pasaba en realidad... y decidieron que, como castigo, Pulpín ayudaría en la tienda para reparar sus fechorías.
“Antes o después, pagarás lo que robes”